La magia en el Imperio

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La sociedad imperial siente de forma natural una desconfianza en la magia basada en la experiencia. Debido a la incomprensión, y a que la legalización y reglamentación de la práctica de la magia en el territorio imperial es relativamente reciente, los ciudadanos imperiales temen el poder de los que manejan el aethyr. Los hechiceros imperiales deben someterse a un estricto control por parte de sus pares, que se encargan de cazar con extrema saña a los que puedan verse atraídos por la magia oscura o la nigromancia; de no hacerlo así se arriesgan a atraer la atención de los cazadores de brujas y la iglesia de Sigmar, algo que suele desembocar en una tragedia para ambas partes.


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Para el pueblo llano, la magia no deja de ser algo sobrenatural que no comprenden a pesar de convivir con ello. Los hombres piadosos niegan tener nada que ver con ella mientras piden a la bruja del bosque cercano que destile una poción para mejorar su virilidad, las mujeres de alta alcurnia miran por encima del hombro a los que venden amuletos protectores mientras solicitan a cartomantes que les predigan su futuro, y quien más o quien menos suele tener algún contacto con magos vulgares o charlatanes que dicen hacer magia.

Para los poderosos y sabios, la magia es un arma de doble filo, un peligroso arte que requiere de una voluntad de hierro para ser dominado. Los capitanes imperiales solicitan a los Colegios de la Magia magos de batalla que apoyen a sus ejércitos con descargas de energía mágica, nobles compran los servicios y el consejo de los hechiceros celestiales para escoger las mejores decisiones en negociaciones, y la sociedad imperial en general se beneficia, con gusto pero con reservas, de la labor de los hechiceros.



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